La NO censura

Hace poco tiempo que trabajo en los medios y, por ahora, la vida me agració dándome la posibilidad de encontrar en el diario y en la radio donde hago periodismo un espacio plural donde puedo decir lo que pienso siempre y cuando tenga las agallas para hacerme cargo y las pruebas para certificar la veracidad de los hechos.
¿Acaso no se trata de esto el periodismo? ¿De decir la verdad? ¿De relatar las cosas que suceden con un cierto grado de análisis y tenor periodístico? Espero no me hayan enseñado mal. Yo no se lo que es no poder decir lo que se piensa. Realmente no lo se. Y me permito ser honesto con todos ustedes, realmente no me interesa averiguarlo.
Quizá sea una preocupación infantil, quizá esté exagerando pero este martes a la tarde tuve cierto miedo. Tanto miedo que el miércoles no escribí. No se porque no escribí, pero algo me hacía sentir mal si escribía y no pude dormir porque no escribí. Soy un aprendiz de periodista que escribe en un blog que no lee nadie y aún así me sentí intimidado. ¿Me habré equivocado de oficio? ¿Debería haberle hecho caso a mis viejos y estudiar abogacía?
Los parámetros periodísticos dicen que para contar una noticia hay que poder responder a las cinco preguntas básicas. ¿Qué?, ¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Cuándo? y ¿Dónde? No sabía que desde el poder central se podían establecer otros parámetros periodísticos que nada tienen que ver con el quehacer sino con el “comohacer” de nuestro oficio. Son pocos los que practican esta profesión y realmente se llenan de dinero. Está claro que es una tarea que apenas, en los casos más agraciados, permite que se viva de esto. En otros casos, como el mío, hacemos otros trabajos para poder seguir haciendo lo que más nos gusta, ser periodista. Creo que esto es razón suficiente como para valorar la tarea del periodista tenga el color o la orientación política que tenga.
Una señora que me enseño muchísimo de periodismo (y todavía me sigue enseñando, día a día y con mucha generosidad) me conmovió, como tantas otras veces, en la cocina de su propia casa. Allí yo estaba realizando el simple y casi automático proceso que requiere abrir una botella de vino. Al quitar el plástico que recubre el pico de la botella descubrí que el corcho era de goma. Sí, no era de corcho, como yo esperaba. En ese momento me pregunté en voz alta: “¿Por qué será que ahora los corchos ya no vienen más de corcho?”. Una verdadera tontería, estamos de acuerdo. Ella, la señora de la que les hablaba antes, me dijo: “Ves, vos sos periodista, nadie que se pregunte esas cosas a tu edad no puede NO SER periodista”.
Deduzco entonces que soy periodista por mi inquietud espiritual. Por animarme a pensar y a sentir cosas distintas sobre las cosas que nos pasan por al lado. Porque no me da lo mismo ver a alguien pasándola mal en una esquina. Quiero hacer y vivir de esto porque pienso que es una de las formas más nobles de poder hacer algo para ser un factor de cambio en una sociedad que está en constante cambio y que merece ser cambiada y reformada cuantas veces se pueda.
Parece ser, sin embargo, que hoy, en pleno siglo XXI las formas de censura han cambiado. Ya resulta bastante caro los mecanismos nazis o, sin ir más lejos, los de la última dictadura militar. Ahora la censura tiene otras formas. Tiene la forma de D’elía en la plaza, la forma de un acto pagado con nuestro dinero, de un discurso agresivo que fija parámetros periodísticos. La censura, hoy, tiene forma de adjetivar algo como “cuasi” mafioso, tiene forma de pauta oficial y de decretos de asignación de frecuencia.
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